Silvia Muga
Hay una clandestinidad vegetal en la forma en que un cáliz poroso o una espina reproducen la temperatura de la carne. La mirada recorre tallos y cápsulas de semilla como quien examina, bajo la lupa de un herbario, un órgano todavía vivo. Entre vellosidades microscópicas, pliegues húmedos y secreciones de pigmento, la botánica abandona su obsesión clasificatoria para revelar una anatomía latente que el cuerpo reconoce antes de encontrarle un nombre.